lunes, 28 de abril de 2014

LOS TESOROS OCULTOS DEL COMBEIMA



El 22 de marzo del presente año, me encaminé a una nueva aventura. Deseosa por conocer nuevos lugares turísticos de mi ciudad, acepté la invitación de ir a las afueras de Ibagué, para ser más específica al rio Combeima. Mi familia se animó a ir conmigo y ese día partimos a las 7:00 a.m. para ganar tiempo en la autopista tardamos alrededor de 15 minutos en acomodarnos con el resto del grupo.

Cuando nos subimos en el pequeño autobús que nos llevaría a nuestro destino, detalle a los pasajeros y turistas paisas y rolos junto con ibaguereños; la combinación de “culturas” y costumbres me pareció tan graciosa como admirable, que por un momento olvidaran las diferencias que nos separaban y compartiéramos como una gran familia. En el camino nos rodeaba la vegetación y el camino se iba perdiendo entre árboles y maleza, convirtiéndose irregular.
















Cuando el conductor paró, todos descendimos y allí nos esperaba un joven de unos 23 años aproximadamente; alto, piel morena, ojos y cabello oscuros con ‘rastas’, un jean azul desgastado y una camisa blanca con un logo en el centro y un amigo de su misma edad; bajo, delgado, piel blanca, ojos y pelo oscuros, una sudadera negra y la misma camisa blanca con el logo. Nos dieron la bienvenida y se presentaron como Ramón y Juan, dijeron que estaban estudiando veterinaria en la UT y que ese día estarían guiándonos por un pequeño recorrido hacia el rio Combeima y sus alrededores.

Iniciamos nuestra caminata, por suerte todos llevaban ropa cómoda y provisiones para el tiempo que podría durar el trayecto. El sol empezaba a intensificar su fuerza. Juan y Ramón nos explicaron que paralelamente a sus estudios universitarios, trabajaban en una fundación la cual se preocupaba por la preservación de las aves en la zona y por eso usaban la camisa blanca con el logo de la fundación. “Es un nuevo proyecto que hasta el momento está teniendo muy buenos resultados”, dijo Ramón.
















Mientras avanzábamos, ellos nos explicaban que aves vivían en la zona, como conseguían el alimento para sus crías y en que partes hacían sus nidos, para protegerse de posibles amenazas. Cada vez iba bajando la temperatura, se iba levantando una corriente de aire helada, a nuestro alrededor y las nubes ocultaban los rayos del sol.

Una hora y media después de empezar nuestra excursión llegamos a una fuente de la cual caía una cantidad de agua helada de forma torrencial a una pequeña “piscina” natural no muy profunda, que era marcada por límites de piedras irregulares y se desbordaba por unas escaleras echas de las mismas para seguir su curso por un arroyo de dos metros de longitud, con varias rocas de igual tamaño dispersas aquí y allá. Giré mi cabeza a ambos lados y vi que estábamos, literalmente, rodeados de montañas con formas y tamaños diferentes de acuerdo a la distancia de estas, la intensidad de su color verde también variaba y aves se escuchaban revolotear encima de nosotros.




Ellos nos dieron de 45 minutos a una hora, para admirar y disfrutar del ambiente en que nos rodeábamos, advirtiéndonos de no ir muy lejos y no sumergirnos en la laguna. En ese tiempo, todos nos dispersamos para explorar la zona, algunos tomábamos fotos, se sentaban en las rocas a charlar, descansaban en el césped y comían un poco de los víveres que habían traído. Cada uno recibía a la madre naturaleza con los brazos y mentes abiertas, dispuestos a desvelar cada secreto que fuera puesto a su paso. Era una escena realmente hermosa.


















El clima fue oscureciéndose cada vez más, tomamos nuestras pertenencias, seguidamente, Juan y Ramón nos guiaron a una cabaña bien equipada que quedaba cerca para pasar la tormenta que se acercaba. Ya llegando a nuestro nuevo destino comenzaron a caer grandes gotas de lluvia. Allí nos tuvimos que quedar casi 3 horas hasta que escampara, en ese tiempo contamos historias, comimos y nos conocimos más. Cuando ya estuvimos preparados para abandonar el lugar, iniciamos nuevamente nuestra caminata esta vez aunque el suelo estaba húmedo y pantanoso nos movimos más rápido y en 45 minutos ya estábamos en la vía. El autobús, no sé en qué momento fue llamado, pero allí nos esperaba con su confort y comodidad, nos despedimos de los muchachos agradeciéndoles por todo y subimos esta vez rápidamente ya que al parecer el clima no quería mejorar y en 15 minutos más ya nos encontrábamos en la ciudad.


Aunque el clima no nos ayudó mucho, si puedo decir que disfrutamos en familia y formamos nuevas amistades, aprendimos a valorar un poco más esas bellezas simples de la vida y a concientizarnos de que no podemos ser tan egoístas y solo pensar en nosotros cuando no somos los únicos habitantes del planeta, y a mi modo de ver nosotros somos los visitantes de un planeta que nos recibe con los brazos abiertos al que no le estamos retribuyendo su hospitalidad. En fin, con este corto viaje, estoy preparada para conectarme más con la naturaleza e invitar a muchos más a acompañarme en esta aventura.



No hay comentarios:

Publicar un comentario